Nº 25


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Jueves 29 de Marzo de 1711

Aegrescitque medendo.- Vir.

La siguiente Carta se explicará a sí misma, y no necesita Justificación.

Señor,
-----pertenezco a esa insalubre Tribu que es comúnmente conocida por el Nombre de Valetudinarios, y le confieso que contraje por primera vez este enfermizo Hábito de Cuerpo, o más bien de Mente, a través del estudio de la Medicina. Fue no bien empecé a estudiar Libros de esta Naturaleza que encontré que mi Pulso era irregular, y rara vez leí sobre la Existencia de una Enfermedad por la que no me haya sentido afectado. El erudito Tratado de Fiebres de Dr. Sydenham me lanzó a una prolongada Fiebre Tísica que padecí todo el tiempo que estuve leyendo esa excelente Obra. Luego me apliqué al estudio de muchos Autores, quienes habían escrito sobre Enfermedades Tísicas, y por eso quiero decir que caí en un Enflaquecimiento, hasta que al final, engordando mucho, desistí de alguna manera avergonzado de tal Imaginación. No mucho después de esto, me encontré con todos los Síntomas de la Gota, excepto Dolor, pero me curé por un Tratado sobre el Graval, escrito por un Autor muy Ingenioso, quien (como es usual en los Médicos que convierten una Enfermedad en otra) me alivió la Gota para darme la Piedra. Al final, me estudié a mí mismo en una Complicación de Enfermedades; pero accidentalmente haciéndome de ese Ingenioso Discurso escrito por Sanctorius, me decidí a guiarme por un Esquema de Reglas que había recolectado de sus Observaciones. El Mundo de los Entendidos está muy al tanto de la Invención de este Caballero; quien, para un mejor seguimiento de sus Experimentos, inventó una suerte de Silla Matemática, la que estaba tan artificialmente sostenida por Resortes que podía pesar cualquier cosa tan bien como una Balanza. Por estos medios descubrió cuántas Onzas de su Comida pasaban por la Transpiración, qué cantidad se convertía en Nutrientes, y cuánto más se iba por los demás Canales y Distribuciones de la Naturaleza.
-----Habiéndome provisto de esta Silla, solía Estudiar, Comer, Beber y Dormir en ella; de tal forma que se puede decir que yo, durante estos últimos tres Años, viví en una Balanza. He computado que, cuando estoy con plena Salud, mi Peso es exactamente de Doscientos, pierdo una Libra después de un Día de Ayuno, y me excedo la misma Cantidad después de una Comida Entera; de modo que es mi continuo Trabajo ajustar el Balance entre estas dos volátiles Libras en mi Constitución. En mis Comidas regulares busco llegar hasta pesar Doscientos y medio; y si después de haber comido encuentro que me quedo corto, tomo justo una Pequeña Cerveza, o como tanta cantidad de Pan como para hacerme pesar. En mis más grandes Excesos no transgredo más que otra media Libra; lo que, por el bien de mi Salud, hago el primer Lunes de cada Mes. Tan pronto como me encuentro debidamente pesado después de la Cena, camino hasta haber transpirado cinco Onzas y cuatro Fracciones; y cuando descubro, por mi Silla, que estoy lejos de estar reducido, me lanzo sobre mis Libros y pierdo estudiando tres Onzas más. Respecto a las demás Partes de la Libra, no llevo ninguna cuenta de ello. Cuando almuerzo y ceno no me rijo por el Reloj, sino por mi Silla, pues cuando ésta me informa que mi Libra de Comida está agotada yo ceso de tener hambre, y me dedico a otra cosa con total Diligencia. En mis días de Abstinencia pierdo una Libra y media, y en Ayunos solemnes estoy dos Libras más liviano que en los demás Días del Año.
-----Me permito, una Noche que otra, un Cuarto de Libra de Sueño con algunos Granos más o menos; y si cuando me levanto encuentro que no he consumido toda mi Cantidad, tomo el resto en mi silla. A partir de un exacto Cálculo de lo que he gastado y recibido el Año pasado, lo cual siempre registro en un Libro, encuentro que la Media es que pese doscientos, de modo que no puedo encontrarme con que estoy falto de una Libra en mi Salud durante Doce Meses enteros. Y más aún, Señor, no obstante este gran cuidado para afirmarme equilibradamente cada Día y para mantener mi Cuerpo en su propio Peso, sucede que me encuentro en una enferma y lánguida Condición. Mi Rostro se ha vuelto muy pálido, mi Pulso bajo y mi Cuerpo Hipocondríaco. Déjeme entonces por favor rogarle, Señor, que me considere su Paciente, y me dé Reglas más certeras por las cuales regirme que aquellas que ya he observado, y le estaré muy agradecido.
Su Humilde Servidor.'

-----Esta Carta me trae a la Mente un Epitafio Italiano escrito en el Monumento de un Valentudinario; stavo ben, ma per star Meglio, sto qui: lo que es imposible de traducir. El Miedo a la Muerte frecuentemente se prueba mortal, y pone a la Gente a seguir Métodos para salvar sus Vidas que infaliblemente las destruyen. Esta es una reflexión hecha por algunos Historiadores, al observar que hay mueren más Miles en una Fuga que en una Batalla, y puede ser aplicada a esas Multitudes de Enfermos Imaginarios que rompen su Constitución por la Medicina, y se arrojan a los Brazos de la Muerte, tratando de escaparle. Este Método no sólo es peligroso, sino que está por debajo de la Práctica de una Persona Razonable. Considerar la Preservación de la Vida como su único Fin, hacer de nuestra Salud nuestro Negocio, No participar en ninguna Acción que no sea parte de un Régimen, o curso de Medicina, son Propósitos tan abyectos, tan viles, tan indignos de la Naturaleza humana, que un Alma generosa preferiría morir antes que someterse a ellos. Además de que una continua Ansiedad por la Vida vicia todos su Goces, y echa Sombra sobre toda la Faz de la Naturaleza; así como es imposible que nosotros podamos Deleitarnos con cualquier cosa si estamos a cada momento temiendo perderla.
-----No quiero decir, con esto último que dije, que yo creo que cualquiera deba ser culpado por tomar un debido Cuidado de su Salud. Por el contrario, siendo la Jovialidad del Espíritu y la Capacidad para hacer Negocios en gran medida Efectos de una Constitución bien temperada, un Hombre no puede sufrir demasiadas Privaciones para cultivarla y preservarla. Pero este Cuidado, hacia el que estamos impulsados no sólo por el Sentido común sino por el Deber y el Instinto, no debe jamás hacernos participar de Miedos infundados, que son naturales en todos los Hombres que están más ansiosos por vivir que por cómo vivir. En breve, la Preservación de la Vida debe ser solamente una Preocupación secundaria, y su Dirección, la Principal. Si tenemos esta Estructura Mental, tomaremos los mejores medios para preservar la Vida, sin estar tan inquietos por el Evento; y llegaremos a ese Punto de Felicidad, que Marcial mencionó como la Perfección de la Alegría, de no temer ni desear la Muerte.
-----En respuesta al Caballero, que mide su Salud en Onzas y Fracciones, y en lugar de complacer a aquellos naturales Requerimientos del Hambre y la Sed, la Pereza o el Amor por el Ejercicio, se gobierna por las Prescripciones de su Silla, contaré una Fábula. Júpiter, dice el Mitólogo, para premiar la Piedad de cierto Campesino, prometió darle cualquier cosa que él pidiera. El campesino deseó tener el Manejo del Tiempo en su propio Estado. Él obtuvo su Pedido, e inmediatamente distribuyó la Lluvia, la Nieve y el Sol entre sus muchos Campos, según pensó que la Naturaleza del Suelo lo requería. Al final del Año, cuando esperaba ver algo más que un Cultivo común y corriente, su Cosecha resultó infinitamente más deficiente que la de sus Vecinos: a partir de lo cual (dice la fábula) quiso que Júpiter volviera a tomar el Tiempo en sus propias Manos, o de otro modo se arruinaría a sí mismo por completo.
C.


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