N° 38


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Viernes, 13 de Abril de 1711


Cupias non placuisse nimis.—Mart.

Una Conversación con la que me topé recientemente me dio la Oportunidad de observar cómo una gran cantidad de Belleza en una muy guapa Mujer, así como una equivalente cuota de Perspicacia en un Hombre ingenioso, tornábase Deformidad en una, e Incoherencia en otro, por la mera Fuerza de la Afectación. La Bella tenía en su Persona algo sobre lo cual sus Pensamientos estaban fijos y que intentaba mostrar para Ventaja de cada Mirada, Palabra y Gesto. El Caballero era tan diligente en hacer Justicia a sus finas Habilidades como la Señorita a su bella Forma: Podía verse el esfuerzo de su Imaginación por encontrar algo fuera de lo común, aquello que algunos llaman brillante, para entretenerla mientras ella se retorcía en las más variadas Posturas para llamar su atención. Cuando se reía, sus Labios se separaban logrando una Distancia mayor que la usual para mostrar sus Dientes: su Abanico señalaba algo en la Distancia, de manera que con ese Movimiento pudiera ella descubrir la Redondez de su Brazo; luego resulta que está equivocada en lo que veía: se echa hacia atrás, sonríe ante su propio Desatino, y está tan completamente turbada que la Cinta bajo su Escote debe ser ajustada, exponiendo así su Pecho, luego de lo cual la Mujer recurre a nuevos Aires y Gracias. Mientras ella hacía todo esto, el Galán tenía Tiempo para pensar en cosas muy agradables para decirle, o hacer alguna Observación poco amable acerca de otra Señorita con el fin de alimentar su Vanidad.
El erudito Dr. Burnet, en su Teoría de la Tierra, aprovecha la Ocasión para observar que cada Pensamiento es considerado con Conciencia y Representatividad; la Mente no le presenta nada sino lo que es inmediatamente seguido de una Reflexión o Conciencia, que señala si aquello que se ha presentado es agradable o indecoroso. Este Acto de la Mente se revela en el Gesto mediante un Comportamiento apropiado en aquellos cuya Conciencia no excede la tarea de dirigirlos en el Desarrollo justo de su Pensamiento o Acción; Pero en cambio se traiciona con una Interrupción en cada Reconsideración, cuando la Conciencia es empleada para celebrar tiernamente las propias concepciones del Hombre; y es a esta Clase de Conciencia a la que llamamos Afectación.
En tanto el amor por el Elogio está implantado en nuestros Pechos como Incentivo para las buenas Acciones, resulta una muy dificil Tarea librarse de ese Deseo en favor de cosas que deberían ser absolutamente indiferentes. Las Mujeres, cuyos Corazones están sujetos al Placer que obtienen de Saberse Objetos de Amor y Admiración, están constantemente cambiando el Tono de su Semblante y alterando la Actitud de su Cuerpo para impresionar los Corazones de aquellos que las Contemplan con una nueva Percepción de su Belleza. La Parte de nuestro Sexo que se preocupa por el vestido, cuya Mente está a tono con la Parte más ridícula del otro, está exactamente en la misma inestable Condición: ser contemplados por una Corbata bien anudada, un Sombrero ladeado con frescura, un bien escogido Abrigo u otras Instancias de Mérito, en las que impacientemente se esmeran por simular casuales.
Pero esta aparente Afectación, que surge de una mal gobernada Conciencia, no debería sorprender tanto en Mentes ligeras y triviales como éstas. Es en cambio cuando la vemos prevalecer en Caracteres de Valía y Distinción cuando no puede dejar de lamentarse, al menos no sin Indignación. Ella penetra el Corazón del Hombre Sabio tanto como el del Tonto. Vemos Hombres de Buen Juicio buscar el Aplauso, o descubrir una punzante Inclinación a procurarse un Elogio; poner Trampas por un poco de Incienso, incluso de aquellos cuya Opinión sólo valoran para su propia Conveniencia; ¿Quién está a salvo de esta Debilidad? ¿O quién sabe si es culpable de ella o no? La mejor Manera de librarse de tan ligera Afición por el Aplauso, es tomar todas las Medidas posibles para rechazar este Deseo en aquellas Ocasiones que no son en sí mismas laudables; de las que, según parece, no esperamos Elogio alguno.
Cuando nuestra Conciencia se vuelve sobre el colosal Plan de la Vida, y nuestros Pensamientos se dirigen hacia su Propósito principal, ya por Interés o por Placer, jamás nos traicionaremos con una Afectación, pues no podemos ser culpables de ella: Pero cuando damos a la Pasión por el Elogio una Libertad sin riendas, nuestro Placer por las pequeñas Perfecciones nos roba lo que nos es debido en reconocimiento de la Virtud y las Cualidades de Valía. ¿Cuántos excelentes Discursos y Acciones honestas se perdieron por no ser indiferentes cuando debimos? Los Hombres son oprimidos por la consideración de su Manera de hablar y de actuar en lugar de dejar que su Pensamiento se vuelva hacia lo que deben hacer o decir; y por estos Medios entierran la Capacidad para realizar grandes cosas, por su temor a fallar en asuntos menores. Esto, tal vez, no pueda ser llamado Afectación; pero tiene algún Tinte de ello, al menos en tanto el Temor a errar en un Asunto sin ninguna Trascendencia indica que estarían muy contentos de realizarlo.
Es sólo desde un profundo Desinterés por sí mismo en estos Particulares, que un Hombre puede actuar con laudable Suficiencia: Su Corazón permanece fijo sobre determinado Punto, y así no comete Errores, pues no considera Error a nada excepto aquello que se desvía de esta su Intención.
Esta Afectación, que prospera en aquella Parte del Mundo que debería ser la más cortés, se hace visible dondequiera que dirigimos la Mirada: Empuja a los Hombres no sólo a Impertiencias en la conversación sino también a Discursos premeditados. En la Corte, atormenta al Tribual, cuya Responsabilidad es recortar todas las Superfluidades de lo que dice el Abogado; así como también las pequeñas Fracciones de Injusticia que surgen de la Ley en sí misma. La he visto hacer que un Hombre se viera obligado a arrancar el Propósito de la boca de un Juez, que era, cuando estaba en el Banco del Tribunal, tan preciso y lógico al realizar el alegato, que con toda la Pompa de la Elocuencia que tenía en su Poder, jamás dijo siquiera una Palabra en exceso.
Podría nacer incluso aquí, pero a menudo asciende al Púlpito mismo; y el Demandante, en aquel Lugar sagrado, es con frecuencia tan impertinentemente ingenioso, habla del último Día con tantas pintorescas frases, que no hay Hombre que entienda de Bromas que no se resuelva a no pecar nunca más: puedes contemplarlo algunas veces en Oración para recibir apropiadamente aquellas magníficas Verdades que murmurará, humilde con tan bien torneadas Frases, y oir también la Mención de su propia Falta de Mérito en una forma tan conveniente que el Perfil del Caballero es preservado bajo la Vileza del Predicador.
Terminaré este Asunto con una suerte de Carta que escribí el otro Día a un Hombre muy ingenioso, desbordado por la Falta de la que hablo.

Querido SEÑOR
He pasado algo de Tiempo con usted el otro Día, y considero que debo tomarme las Libertades de un Amigo para hablarle acerca de la intolerable Afectación de la que es culpable en cada cosa que dice y hace. Cuando sutilmente se lo insinué, me preguntó usted si un Hombre debería ser indiferente a lo que sus Amigos piensan de él. No; pero el Elogio no debe ser el Entretenimiento de cada Momento: Aquel que lo desea debe ser capaz de suspender la posesión del mismo durante apropiados Períodos de la Vida, o mismo de la Muerte. Si usted no prefiere ser elogiado a ser Digno de Mérito, desprecie los pequeños Premios; y no permita que ningún Hombre se tome Libertades con usted, como halagarlo en la Cara. Por estos Medios, logrará usted que su Vanidad desee Alimento. Al mismo tiempo, su Pasión por la Estima será más completamente gratificada; los Hombres lo elogiarán a usted mediante sus Acciones: Donde ahora recibe un Cumplido, recibirá veinte Cortesías. Hasta entonces no tendrá ninguna, más que
SEÑOR,
Su humilde Servidor
.

R.


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