N° 64


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Lunes, 14 de Mayo de 1711


-- Hic vivimus Ambitiosa
Paupertate omnes --
Juv.

Lo que nos motiva a cometer los actos más impropios en la Conducta de nuestras Vidas no es otra cosa que la Fuerza de la Moda. Se podrían mencionar Instancias en que una Costumbre reinante nos hace actuar contra las Reglas de la Naturaleza, la Ley y el Sentido Común: pero ahora limitaré mi Consideración al Efecto que tiene sobre la Mente de los Lectores, mediante la Observación de nuestro Comportamiento cuando la Moda en cuestión es la de guardar Luto. La Costumbre de representar a través de nuestros Hábitos la Pena que sentimos por la Pérdida de los Muertos ciertamente tuvo su Origen en el verdadero Dolor de quienes estaban demasiado angustiados como para arreglar sus Ropas con el debido Cuidado. En distinto Grado, se acostumbraba que quienes sentían esta íntima Opresión sobre sus Mentes ofrecieran, mediante Vestimentas apropiadas a su Condición, una Disculpa por no unirse al resto del Mundo en sus Diversiones corrientes. Así, en un principio sólo adoptaban este Hábito quienes estaban aquejados por una Angustia real; aquellos para los cuales era un Alivio no tener consigo nada alegre que resultara molesto ante la Tristeza y Melancolía de sus Reflexiones ensimismadas, ni tonos ligeros que pudieran distorsionar su Dolor ante otros. Con el correr del Tiempo, esta loable Distinción de los Afligidos se perdió, y ahora guardan Luto los Herederos y las Viudas. Nada se ve en la Procesión de los Deudos sino Ostentación y Solemnidad, y un Aire de Liberación del Vasallaje en la Pompa del Hijo que acaba de perder un Padre adinerado. Esta Moda de la Tristeza se ha ganado una Porción generosa del Ceremonial entre Príncipes y Soberanos, quienes en el Lenguaje de todas las Naciones están considerados como Hermanos, y asumen el color Púrpura ante la Muerte de cualquier Potentado con quien hayan establecido amenas Relaciones. Los Cortesanos, y todos aquellos que quisieran serlo, sufren un ataque repentino de Pena de la Cabeza a los Pies ante el Desastre acaecido a su Príncipe; así puede uno saber, por el color mismo de las Hebillas del Ujier de un Caballero, qué Grado de Amistad mantenía con el fallecido Monarca de la Corte a la que pertenece. El Hábito y el Comportamiento de un buen Cortesano constituye un jeroglífico en tales Ocasiones: sus Asuntos se resuelven en Susurros, y se ve que viste de acuerdo con los mejores Cálculos.
-----Es común entre los Hombres la Afectación de aparentar ser más de lo que son; y ello hace que todo el Mundo adopte los Hábitos de la Corte. Verá Ud. a la Dama, que Ayer era varia como el Arcoiris, tornarse oscura como una Nube al comenzar el Luto. Este cambio de Humor no se evidencia solo en aquellos cuyas Fortunas pueden solventar cualquier Cambio en la Vestimenta, ni en aquellos cuyos Ingresos exigen la Gratuidad de nuevas Apariencias; también predomina entre quienes poseen apenas lo necesario para cubrirse. Un viejo Conocido mío de Noventa Libras al Año, que tiene naturalmente en lo profundo de su Corazón la Vanidad de ser un Hombre a la Moda, tiene que hacer un gran esfuerzo para soportar la Mortalidad de los Príncipes. Se hizo un Traje negro para la Muerte del Rey de España, lo usó para el Rey de Portugal, y ahora se mantiene en su Recámara mientras lo limpian para el Emperador. Es un buen Economista en su Extravagancia, y para los Potentados de pequeños Territorios sólo agrega un nuevo Botón negro a su Traje Gris Metalizado; pero ciertamente añade una Cinta crepé a su Sombrero para un difunto Príncipe cuyas Hazañas haya admirado en la Gazette. Sin embargo, cualquiera sea el Cumplido que se haga en estas Ocasiones, los verdaderos Enlutados son los Merceros, Modistas y Comerciantes de Sedas y Encajes. Un Príncipe misericordioso y provisto de una Disposición real reflexionaría con gran Ansiedad sobre las Perspectivas a su Muerte, si tuviera en cuenta la Cantidad de gente que se vería reducida a la Miseria por ese único Accidente: lo consideraría un asunto de suficiente Importancia como para ordenar que, en el Anuncio de su Deceso, el Deber de rendirle Honores se limitara a los integrantes de su Entorno familiar, a quienes se notificaría. Pensaría, además, que el Luto general sería, en menor Grado, tan indigno como la Ceremonia practicada en Naciones bárbaras, donde se mataba a los Esclavos para preparar las Exequias de sus Reyes.
-----Durante varios Meses me dejó sumido en la Perplejidad el Carácter de un Hombre que solía venir a nuestro Café: siempre terminaba la lectura del Diario con la siguiente Reflexión: "Bueno, veo que todos los Príncipes Extranjeros gozan de buena Salud". Si alguien le preguntaba: "Disculpe, Sr., ¿qué dice el Postman de Viena?", él respondía: "Agradezcamos que todos los Príncipes Alemanes se encuentran bien". Y ante "¿Qué dice de Barcelona?", No decía sino que El País se hallaba a gusto con la nueva reina. Después de muchas Averiguaciones, descubrí que este Hombre de Lealtad Universal era un Vendedor mayorista de Sedas y otras Telas: parece que era su Costumbre, al contratar un Tejedor u Obrero, insertar en sus Artículos que "Todo esto se concretará en Tiempo y Forma, en tanto ningún Potentado parta de este Mundo durante el Período mencionado". Sucede, durante la Insensatez de todo Luto público, que los muchos Comercios que dependen de nuestros Hábitos se ven aquejados por la Necesidad, o bien apesadumbrados por su manifiesta Proximidad. La única Expiación que los Hombres pueden obtener por sus desmedidos Gastos (que son una suerte de Insulto hacia la Escasez bajo la cual muchos otros se esfuerzan) es que las Superfluidades de los Adinerados brindan Provisiones a las Necesidades de los Pobres: pero en lugar de dar lugar a un Bien, la Afectación que consiste en llevar Hábitos cortesanos de Luto sólo destruye el Orden; y el verdadero Honor que una Corte le rinde a otra en tales Ocasiones pierde su Fuerza y Eficacia. Cuando un Ministro extranjero observa que la Corte de una Nación (que prospera en la Riqueza y la Abundancia) hace a un lado, ante la Pérdida de su Jefe, toda Señal de Esplendor y Opulencia, aunque sea el Líder de un alegre Pueblo, tendrá en mayor Estima el Honor conferido al Jefe que si viera al Pueblo todo vestido con los mismos Hábitos. Cuando uno teme preguntar a la Esposa de un Comerciante a cuál Miembro de su Familia ha perdido, y después de algunos Preparativos se dispone a averiguar por quién guarda Luto... ¡cuán ridículo es oírla explicar que "Hemos perdido a alguien de la Casa de Austria"! Se ubica a los Príncipes en un Pedestal tan elevado por sobre el resto de los Mortales, que tomar Parte en los Honores rendidos a su Memoria se torna una atrevida Distinción si uno carece de la Autoridad adecuada, provista por una cierta Relación con la Corte que tributa esa Veneración a su Amistad, y parece expresar en tales Ocasiones el Sentido de la Incertidumbre de la Vida humana en general, al asumir el Hábito de la Pena aun cuando se halla en total posesión del Triunfo y la Realeza.
R.


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