N° 76


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Lunes, 28 de Mayo de 1711.


Ut tu Fortunam, sic nos te, Celse, feremus.- Hor.

Nada es más común que encontrar un Hombre a quien, por las Observaciones generales de su Porte, uno considera de Temperamento uniforme, y que sin embargo está sujeto a Cambios de Humor y Arranques de Pasión tan inexplicables, que es menos parecido a sí mismo y difiere tanto del Hombre que uno creía ver al principio, como dos Personas distintas entre sí. Ello procede del Ansia de formarnos algún tipo de Ley de la Vida para nosotros mismos, o fijarnos alguna Noción de las cosas en general, lo cual nos afecta de tal manera que creamos Hábitos acordes tanto en nuestras Mentes como en nuestros Cuerpos. La Negligencia resultante nos deja expuestos no solo a la inadecuada Levedad en nuestra Conversación, sino también a la misma Inestabilidad en nuestras Amistades, Intereses y Alianzas. Un Hombre que es un mero Espectador de lo que sucede a su alrededor, y no se involucra en los Asuntos de los Hombres bajo ninguna Consideración, no es sino un pésimo Juez de los secretos Movimientos de sus Corazones, así como del Grado en el cual se provocan tales Alteraciones visibles en una misma Persona: Pero al mismo tiempo, cuando un Hombre no está en absoluto preocupado por los Efectos de tales Inconsistencias en el Comportamiento de los Hombres del Mundo, la Especulación debe ser en sumo Grado divertida y a la vez instructiva; y sin embargo, para disfrutar de tales Observaciones con el mayor Deleite, debería estar situado en un Puesto de Dirección, y tener a su cargo el despacho de sus Fortunas. Por lo tanto, me he divertido maravillosamente con unos Fragmentos de la Historia secreta que el Anticuario, mi buen Amigo, me prestó como Curiosidad. Se trata de las Memorias de la Vida privada de Faramond de Francia. "Faramond", dice el Autor, "era un Príncipe de infinita Humanidad y Generosidad, y al mismo tiempo el Compañero más agradable y bromista de su Época. Tenía una peculiar Preferencia (que hubiera sido desafortunada en cualquier otro Príncipe): Pensaba que no podía haber Placer exquisito en la Conversación sino entre Iguales; y se lamentaba, con un dejo de humor, de que vivía en todo momento entre la Multitud, pero era el único hombre en Francia que nunca podría disfrutar la Compañía. A causa de este Hábito mental, las Divagaciones a la Medianoche, a las que asistía sólo uno de sus Sirvientes de Recámara, hacían sus Delicias: En dichas Excursiones conocía Hombres (cuyo Temperamento tenía Intenciones de probar) y los encomendaba en privado a la Observación de su primer Ministro. En general, sucedía que tan pronto como alimentaban Esperanzas de prosperar, descuidaban el Trato hacia el Rey, quien solía comentar en tales Ocasiones: 'Es una gran Injusticia acusar a los Príncipes de perderse al gozar de la Buena Fortuna, cuando hay tan pocos que puedan soportar con Constancia el Favor de sus Criaturas mismas'". En estas ligeras sugerencias, el Autor introduce un Pasaje que da una buena Idea del inusual Genio de Faramond. El Príncipe se encontró con un Hombre, a quien había sometido a todas las Pruebas de costumbre que preparaba para aquellos a quienes pretendía conocer minuciosamente, y le dijo su Propósito: En Conversación con él, un Día le dio la Oportunidad de responder 'con cuánto daría por satisfechos todos sus Deseos'. A continuación, el Príncipe se dio a conocer como tal, dobló la Suma, y le habló de la siguiente manera: "Señor, Ud. tiene el doble de lo que deseaba, por la Gracia de Faramond; pero asegúrese de darse por satisfecho con ello, pues es lo último que recibirá. Yo, desde este Momento, lo considero de mi propiedad; y para convertirlo verdaderamente en mío, le doy mi Palabra Real de que Ud. nunca será menos o más de lo que hoy es. No responda (concluyó el Príncipe, sonriendo); disfrute la Fortuna que le concedo, que ciertamente excede mi Condición; pues Ud., de aquí en más, no tiene nada que temer, ni nada que desear".
-----De esta forma, habiendo elegido y comprado un Amigo y Compañero, Su Majestad disfrutaba de todos los Placeres de un agradable Hombre particular y un poderoso Monarca: se aplicaba a sí mismo, junto con su Compañero, el Nombre de Alegre Tirano; pues su Castigo para los Cortesanos que caían en la Insolencia o la Insensatez no consistía en un Acto de Público Reproche, sino en ponerlos al descubierto por sus Anhelos. Si observaba que un Hombre era intratable para sus Superiores, hallaba una Oportunidad de tomar Nota favorablemente de él, y tornarlo insoportable. Sabía que todas sus Apariencias, Palabras y Acciones tenían una Interpretación; y a su Amigo Monsieur Eucrate (pues así se llamaba), dotado de un Alma grande y carente de Ambición, podía comunicarle todos sus Pensamientos, sin temer que hiciera un Uso artero de dicha Libertad. Grande era su Deleite cuando se reunían en privado para reflexionar sobre lo que había acontecido en público.
-----Para colmar de Poder a algún Necio en su País, Faramond solía hablarle frente a toda la Corte, y con un simple Susurro le hacía despreciar a todos sus antiguos Amigos y Conocidos. Había alcanzado el Conocimiento de los Hombres mediante largas Observaciones, al punto que declaraba ser capaz de alterar el Caudal entero de Sangre en el Temperamento de algunos, con sólo hablarles tres veces. El Príncipe tenía en su Poder vastas Fortunas, cuyos meros Perseguidores le proporcionaban un Entretenimiento constante, pues era capaz de manipularlos dándoles el Trato que se merecían. Con una hábil Caída de Ojos y media Sonrisa, hacía que dos Muchachos que se odiaban se abrazaran y posaran sus Cabezas sobre sus Hombros, con tal Fervor que parecía que realmente seguían sus propias Inclinaciones, como si pretendieran ahogarse mutuamente en el Abrazo. Cuando estaba de buen Humor, preparaba la Escena junto con Eucrate, y en una Noche pública ponía en Movimiento las Pasiones de toda la Corte. Le agradaba ver a una Belleza altanera apreciar el Aspecto de un Hombre que por mucho tiempo había despreciado, sólo porque había observado cómo Faramond se había dignado dirigirse a él; y también le complacía ver al Amante soñar con más altas Esperanzas, en lugar de perseguir a la Dama por quien hasta ayer desfallecía. En una Corte donde los Hombres profesaban su Afecto en los términos más audaces, y sus Aversiones en los más temerosos, era una cómica Mezcla de Incidentes ver cómo se despojaban de sus Disfraces en un Caso, y cómo los adornaban aun más en el Otro, de acuerdo con el Favor o la Desgracia que acaeciera a los respectivos Objetos de la Aprobación o Desestimación de los Hombres. Lleno de Júbilo al ver las Pequeñeces de la Humanidad, Faramond solía decir: 'Así como puedo quitarle los Cinco Sentidos a un Hombre, puedo darle otros Cien. El Hombre en Desgracia pierde inmediatamente todos sus Dones naturales, y aquel que es de mi Agrado, gana súbitamente los atributos del Ángel'. 'Y ello', llegaba a especular, 'no debe ocurrir sólo en las Partes menores de mi Corte, sino también entre los Hombres mismos, que se tendrán en más o en menos, según se hayan granjeado el Favor de la Corte'.
-----Un Monarca como Faramond, que poseía Ingenio y Humor, debe haber gozado de Placeres que ningún otro Hombre tendrá Oportunidad de disfrutar. No dispensó Fortuna sino a aquellos que con seguridad no se verían afectados por el Arrebato al recibirla; hizo un noble y generoso Uso de sus Observaciones; y no estimó a sus Ministros por la Simpatía que le profesaran, sino por la Utilidad que brindaran al Reino. Por estos Medios, el Rey aparecía en cada Oficial del Estado: y ningún Hombre tenía Participación en el Poder si no demostraba una Semejanza, en cuanto a la Virtud, con Faramond.
R.


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