N° 84


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Miércoles, 6 de Junio de 1711
...Quis talia fando
Myrmidonum Dolopumve aut duri miles Ulyssei
Temperet a lachrymis.
-Virg.

Examinando el viejo Manuscrito donde se consignan las Acciones privadas de Faramond al modo de un Libro de Mesa [Table-Book], encontré muchas cosas que me procuraron gran Placer; y como la Vida humana se rige por los mismos Principios en todas las Edades, me pareció muy apropiado tomar Apuntes de lo que pasó en aquella Edad para Instrucción de la presente. El Anticuario que me prestó estos Escritos me dio también un Retrato de Eucrate, el Favorito de Faramond, tomado de un Autor que vivía en la Corte. No es inadecuado insertar aquí la Descripción que nos da tanto del Príncipe como de su fiel Amigo, porque puedo tener Ocasión de mencionar muchas de sus Conversaciones, sobre las cuales estas Evocaciones tal vez arrojen alguna Luz.

-----“Cuando Faramond tenía Deseos de alejarse una o dos Horas del Ajetreo de los Negocios y la Fatiga del Ceremonial, hacía una Seña a Eucrate llevando su Mano a la Cara o apoyando un Brazo displicentemente contra la Ventana o con cualquier otro Gesto que resultara indistinto al resto de la Compañía. Ante el Aviso, sin que lo vieran (pues su completa Intimidad fue siempre un Secreto), Eucrate se retiraba a su propio Aposento en espera del Rey. Había un Pasadizo secreto, que llevaba a esta parte de la Corte, por el cual Eucrate admitía a aquellos que, por su Apariencia vulgar a los ojos de Sirvientes y Mayordomos ordinarios, eran rechazados en otras Partes del Palacio. Personas de este tipo ingresaban por Orden de Eucrate y mantenían Audiencias con el Rey. A esta Entrada la llamaba Faramond la Puerta de los Desdichados, y a las Lágrimas de los Afligidos que se presentaban ante él, les decía Sobornos recibidos por Eucrate; pues Eucrate tenía el Espíritu más compasivo de todos los Hombres, con excepción de su generoso Amo, que se emocionaba siempre con la más mínima Aflicción que se le comunicaba. Con Respecto a los Desgraciados, Eucrate ponía especial Cuidado en que las Formas comunes de la Angustia y los vanos Aspirantes al Dolor, propios de la Corte, que sólo buscaban Proviciones para el Lujo, no obtuvieran nunca Favores por su Intermedio. Pero las Angustias que surgen de los muchos Acontecimientos inexplicables entre los Hombres, el injustificable Abandono de los Hijos por sus Padres, la Crueldad de los Hombres con sus Esposas, la Pobreza ocasionada por Naufragios o Incendios, el Distanciamiento de los Amigos y otros tipos de Desastres a los que está expuesta la Vida del Hombre; en Casos de esta Naturaleza, Eucrate oficiaba de Patrono; y gozaba de su Parte de Favor real sin ser envidiado, a tal punto que nunca nadie investigaba de quién eran los Medios con que se hacía lo que nadie más se ocupaba de hacer.
-----Una Noche Faramond entró al Aposento de Eucrate y lo encontró extremadamente abatido; ante lo cual preguntó (con la Sonrisa natural en él): “¿Qué? ¿Hay alguien tan desdichado que requiere el Alivio de Faramond? ¿Por eso está triste Eucrate?” “Me temo que sí”, respondió el Favorito; “una Persona de fuera, de buen Aspecto, bien vestida pero que, siendo un Hombre en la Plenitud de la Vida, parece desfallecer bajo alguna inconsolable Calamidad; todos sus Rasgos parecen estar impregandos porn la Agonía del Espíritu; pero noto en él que está más inclinado a estallar en Lágrimas que en Cólera. Le pregunte qué necesitaría; dijo que desearía hablarle a Faramond. Pregunté por el Asunto; pero apenas pudo decirme: Eucrate, lléveme con el Rey, mi Historia no se puede contar dos veces, y temo no poder siquiera contarla una sola.” Faramond ordenó a Eucrate que lo dejara entrar; así lo hizo y el Caballero se acercó al Rey con un Aspecto que sugería Esfuerzos por rebajarse sí mismo. El Rey, que tenía un veloz Discernimiento, lo eximió de la Opresión a que se sometía; y con la más bella Complacencia, le dijo: “Señor, no sume a la Carga de Dolor que veo en su Rostro, el Temor por mi Presencia; piense que habla a un Amigo; si las Circunstancias de su Angustia lo admiten, podré encontrar uno en mí.” A lo cual el Desconocido respondió: Oh, excelente Faramond, no menciones al Amigo ante el desventurado Spinamont: tenía uno pero ha muerto por mi propia Mano; pero, oh, Faramond, aunque fue por la Mano de Spinamont, la Culpa fue de Faramond. No he venido, excelente Príncipe, a implorar su Perdón; he venido a exponer mi Dolor, un Dolor demasiado grande para ser tolerado por la Vida humana; de aquí en más todos los Sucesos parecerán Sueños o Divertimentos pasajeros por esta Aflicción que domina todo mi Ser. Perdóneme, oh, Faramond, si mi Pena me conduce a sostener ante Usted, con la Angustia de un Espíritu herido, que Usted, siendo tan Bondadoso, es culpable de la generosa Sangre derramada en este Día por esta Mano infeliz: ¡Ah, si hubiera muerto antes de ese Instante!” Aquí el Desconocido se detuvo y tomando Aliento tras una pequeña Meditación, prosiguió, con Tono y Expresión más calmados, de la siguiente Manera.
-----“Hay una Autoridad debida a la Aflicción; y como no hay nadie en la Raza humana que esté fuera del Alcance del Dolor, nadie puede negarse a escuchar su Voz: sé que Faramond no lo hará. Debe saber, por lo tanto, que esta Mañana, desafortunadamente, maté en Duelo al Hombre que más quería. Y me he obligado a venir ante su Presencia Real para decir: ¡Faramond, devuélveme mi Amigo! ¡Faramond me lo ha quitado! No diré, ¿destruirá a sus Súbditos el piadoso Faramond ? ¿El Padre de este País asesinará a su Pueblo? Pero el piadoso Faramond destruye a sus Súbditos, el Padre de este País asesina a su Pueblo. Tanto es la Fortuna el Fin de la Humanidad, que toda Gloria y Honor queda en Poder de un Príncipe, pues de Él depende la Distribución de sus Fortunas. Es, por lo tanto, Descuido, Negligencia o Culpa de los Príncipes dejar que se convierta en Costumbre cualquier cosa contraria a sus Leyes. Una Corte puede conseguir que la Moda y el Deber caminen juntos; nunca ocurrirá que, sin Culpa de la Corte, no esté fuera de Moda lo que es ilegítimo. Pero, ¡ay!, en los Dominios de Faramond, por Fuerza de una Costumbre Tiránica, mal llamada Cuestión de Honor, el Duelista mata al Amigo que ama; y el Juez condena al Duelista, mientras aprueba su Proceder. La Vergüenza es el mayor de todos los Males; ¿de qué sirven las Leyes cuando sólo la Muerte acompaña su Infracción y la Vergüenza su Obedeciencia? En cuanto a mí, oh Faramond, si fuera posible describir los inefables Tipos de Remordimiento y Ternura que siento, cuando pienso en los triviales Diferencias de la antigua Relación con mi Amigo, mi Espíritu se colma con una Pena que no puede ser lo suficientemente resistida para mantenerla en silencio ante la Presencia de Faramond”. Aquí cedió a un Río de Lágrimas y lloró sonoramente. “¿Por qué no habría Faramond de escuchar la Angustia de la que sólo él puede liberar a otros en un tiempo venidero? Que sepa de mí lo que sienten quienes han matado por la falsa Piedad de su Administración y que sienta crecer adentro la Venganza que piden quienes han perecido por su Negligencia.”’
P.


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