Nº 181


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Jueves, 27 de Septiembre, 1711.
His lacrymus vitam damus, et miscerescimus ultrò.----Virg.

Me complace más una Carta llena de Toques de Inocencia que de Ingenio. La siguiente es de este Tipo.

Señor,
Entre todas las Contrariedades que suceden en las Familias, no recuerdo que haya usted tomado nota del Matrimonio de las Hijas sin el Consentimiento de sus Padres. Yo soy una de esas desdichadas. Tenía quince años cuando tomé la Libertad de elegir por mí misma, y desde entonces he languidecido bajo la Reprobación de un Padre inexorable, quien, a pesar de verme feliz en el mejor de los Matrimonios y verse bendecido con muy bonitos Nietos, no ha podido jamás convencerse de perdonarme. Era tan atento conmigo antes de este Accidente que, en cierta medida, resulta inexcusable mi Desobediencia, Situación que al mismo tiempo hace surgir en mí un Aprecio hacia él a tal punto que, queriéndolo por sobre todas las cosas, moriría por reconciliarme. Me he arrojado a sus Pies y he implorado su Perdón hasta las Lágrimas; pero él siempre me rechaza y me echa; le he escrito numerosas Cartas, pero no las abre ni las recibe. Hace aproximadamente dos Años le envíe a mi pequeño Niño, todo vestidito con nuevos Atuendos; pero el Pequeño regresó en llanto, porque dijo que su Abuelo no lo vería, y que había dado la Orden de dejarlo fuera de su Casa. Mi Madre está de mi Lado, pero no se atreve siquiera a mencionarme frente a mi Padre por temor a provocarlo. Un Mes atrás cayó en Cama, enfermo y con gran Peligro para su Vida: La noticia me perforó el Corazón y no pude evitar acercarme para saber de su Salud. Mi madre aprovechó la oportunidad para hablar por mí: le dijo, con abundantes Lágrimas, que había ido para verlo, que mis Lágrimas me impedían hablar con ella y que ciertamente mi Corazón se rompería si él no aceptaba bajo estas Circunstancias darme la Bendición y reconciliarse conmigo. Tan lejos estuvo de compadecerse que le prohibió a mi Madre hablar de mí, a menos que tuviera la intención de perturbarlo en sus últimos Momentos; además. Señor, debiera usted saber que él tiene la Reputación de ser un Hombre honesto y religioso, lo que hace mi Infortunio aún más grande. Agradezco a Dios que se hay recuperado: Pero su severa Conducta me ha dado tal Golpe, que pronto me hundiré bajo él, a menos que me alivie alguna Impresión que la Lectura de esto en su Ensayo pueda ejercer sobre él.
Soy, etc.

De todas las Insensibilidades no hay ninguna tan inexcusable como aquellas dirigidas de Padres a Hijos. Un temperamento obstinado, inflexible, carente de Piedad es odioso en toda Ocasión, pero aquí es decididamente antinatural. El Amor, la Ternura y la Compasión, que surgen naturalmente hacia quienes dependen de Nosotros, es aquello mediante lo cual se sostiene toda la Vida en el Mundo. El Ser Supremo, a través de la trascendente Excelencia y Bondad de su Naturaleza, tiñe con Misericordia a todas sus Obras; y porque sus Criaturas no poseen espontáneamente esta Benevolencia y Compasión hacia quienes están bajo sus Cuidados y Protección, ha implantado en ellos un Instinto que ocupa el Lugar de su inherente Bondad. He ilustrado este tipo de Instinto en pasados Ensayos y he mostrado cómo rige éste en toda Clase de Criaturas brutales, y cómo, de hecho, todo el Mundo Animal subsiste por él.
Este Instinto en el Hombre es más general e ilimitado que en las Bestias, considerando que se ve robustecido por los Dictados de la Razón y el Deber. Por lo que si nos examinamos atentamente, encontraremos que no solo estamos inclinados a amar a aquellos que descienden de nosotros, sino que también cargamos con una suerte de στοργή, o de Afección natural, hacia todo aquello que confía su Bien y su Preservación en nosotros. La Dependencia es un perpetuo Llamado a la Humanidad y una Incitación al Amor y a la Piedad más grandiosa que cualquier otro Motivo, sea cual fuere éste.
Por lo tanto, el Hombre, que ante cualquier Pasión o Resentimiento, puede superar este poderoso Instinto y extinguir esta Afección natural, se degrada incluso por debajo de la Bestialidad, frustra el Gran Designio de la Providencia tanto como éste reside en él, y expulsa de su Naturaleza uno de los Componentes más Divinos que fueran allí plantados.
Entre innumerables Argumentos que pueden ser usados contra tan irrazonable Proceder, solo insistiré en uno. Es Condición para nuestro Perdón que perdonemos. En nuestras mismas Plegarias deseamos no más que ser tratados con esta clase de Reciprocidad. El caso anterior, entonces, parece ser lo que se denomina un Ejemplo Perfecto, siendo la Relación entre Hijo y Padre la que se encuentra más próxima a la que establecen la Creación y el Creador. Si el Padre es inexorable con el Hijo que lo ha ofendido, pensemos que la Ofensa no puede ser jamás de tan grave Naturaleza, ¿cómo se presentará ante el Ser Supremo estando bajo la tierna Denominación de un Padre y deseando para sí un Perdón que él mismo se niega a dar?
A esto debo añadir muchas otras Consideraciones tanto religiosas como prudentes; pero si el mencionado Motivo no prevalece, descreo que triunfe con cualquier otro y por ello concluiré mi Ensayo con un una Historia subrayable, registrada en una vieja Crónica publicada por Ferher, uno entre otros Escritores de la Historia Alemana.
Eginhart, quien fuera Secretario de Carlos, El Grande, se hizo excesivamente popular dado su Actuación en aquel Puesto. Sus grandes habilidades le concedieron el Favor de su Maestro y la Estima de la Corte en su Totalidad. Imma, la hija del Emperador, estaba tan complacida con su Compañía y su Conversación que se enamoró de él. Como era una de la Bellezas de su Tiempo, Eginhart le correspondió con una más que equitativa Devolución de Pasión. Dada la Preocupación por las fatales Consecuencias que acarrearían, sofocaron las Llamas durante cierto Tiempo. A la larga Eginhart, resolviendo arriesgarlo todo antes que privarse de aquella por quien su Corazón se hallara tan asediado, se dirigió una Noche a los Aposentos de la Princesa y, golpeando gentilmente la Puerta, fue admitido como si se tratara de una Persona que debía comunicarle algo de parte del Emperador. Del modo más privado, él permaneció con ella Parte de aquella noche; pero, mientras se preparaba para marcharse cerca del Amanecer, observó que había caído allí durante su Estadía con la Princesa una gran Nevada. Quedó sumamente perplejo ante el miedo a que las Huellas de sus Pies en la Nieve pudieran producir algún Descubrimiento al Rey, quien solía visitar a su Hija por las Mañanas. Le dio a conocer sus Miedos a la Princesa Imma, que, luego de consultar el Asunto, hizo prevalecer, sobre su Voluntad, que le permitiera cargarlo a través de la Nieve, encima de sus Hombros. Sucedió en ese Momento que el Emperador, incapaz de dormirse, se encontraba levantado y deambulando por su Habitación, cuando observó por la Ventana y percibió a su Hija tambaleando bajo una Carga, llevando a su primer Ministro a través de la Nieve; apenas habiendo cumplido el recorrido, ella retornó con suma Velocidad a sus Aposentos. Frente a este Accidente, el Emperador permaneció turbado, pasmado en Extremo; pero prefirió callar al respecto hasta que encontrara una mejor Oportunidad. Mientras tanto, Eginhart sabiendo que lo que había hecho no podía mantenerse en Secreto por mucho Tiempo, determinó retirarse de la Corte; y para ello rogó al Emperador que prescindiera de él, simulando una Suerte de Descontento por no haber sido recompensado por sus largos Años de Servicio. El Emperador no respondió directamente a su Petición, pero le dijo que pensaría en ella, y fijó un Día preciso para anunciarle su Voluntad. Inmediatamente reunió a sus Consejeros más fieles y, develando el Crimen de su Secretario, les pidió que lo aconsejaran ante tan delicado Caso. La Mayoría de ellos dio su Opinión y sostuvo que la Persona no podía ser castigada severamente a pesar de haber deshonrado a su Amo. Luego del Debate, el Emperador declaró que el Castigo que le cupiera a Eginhart incrementaría la Vergüenza de su Familia en lugar de disminuirla, tal era su Opinión, y por lo tanto consideró que lo más adecuado para disolver la Memoria del Hecho era unirlo en Matrimonio con su Hija. Por Consiguiente, Eginghart fue llamado a comparecer y anoticiado en Boca del Emperador que no podría de aquí en más levantar Queja alguna con respecto a las Recompensas por el Servicio prestado, ya que la Princesa Imma le sería entregada como Esposa, con una Dote adecuada a su Calidad; el Evento fue poco tiempo después debidamente llevado a cabo.
L.


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