Nº 199


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Jueves 18 de Octubre, 1711
Scribere jussit amor. --- Ovid.

Las Cartas que siguen están escritas con tanta Sinceridad que no puedo negarme a insertarlas.

Sr. Espectador,
A pesar que en todos sus Escritos se ha mostrado amigable con las Mujeres, no recuerdo que haya usted considerado directamente la mercenaria Práctica de los Hombres a la Hora de elegir sus Esposas. Si gustara emplear su Inteligencia en este Tema, vislumbraría con Facilidad la miserable Condición en la que muchas de nostras nos encontramos, hallándonos no solo impedidas, dadas las Leyes de la Costumbre y el Decoro, para aproximarnos a nuestros Deseos, sino también, por obra de la Fortuna, fuera de toda Esperanza de ser cortejadas por aquellos a quienes amamos. Bajo estas desventajosas Circunstancias, me veo obligada a dirigirme a usted y a esperar convencerlo a publicar en su Próximo Ensayo la siguiente Carta: una Declaración pasional hacia un Hombre que viene, desde hace algún tiempo, realizando algunas maniobras distractoras. Creo que me ama con Ardor, pero la Desigualdad de nuestras Fortunas lo lleva a pensar que no puede declarárselo al Mundo si lo que busca es el Matrimonio; y creo también que, como no quiere mucha Publicidad al respecto, me descubrió el otro Día mirándolo imprevistamente de tal Modo que sus Esperanzas de conquistarme han crecido en lo que respecta, según lo denominan los hombres, a la facilidad. Pero mi Corazón estaba rebosante en esta Ocasión, y si usted sabe lo que son el Amor y el Honor, me perdonará que no use más Argumentos y me permitirá aprontarme a la Carta, a él dedicada, a quien llamo Oroondates; Nombre que tiene origen en la Novela, pues en caso de fracasar se parecerá a ella; y en caso de ser correspondida, recibirá usted un par de Guantes en mi Boda, enviadas bajo el Nombre de Statira.

A OROONDATES
Señor,
Después de mucha Perplejidad, y hurgando cómo darle a conocer mis Sentimientos y discutir juntos lo que concierne a los suyos, he elegido esta Vía, por cuyo medio puedo confesarme sin ambages, o, si le place, mantenerme oculta. Si dentro de unos pocos Días no encuentro el Efecto esperado, todo el Asunto será mejor enterrado en el Olvido. Pero, ¡Ay!, ¿qué voy a hacer, cuando estoy a punto de contarle que lo amo? Sin embargo, luego de haberlo hecho, le aseguro que, con toda la Pasión que alguna vez hubiera cabido en un tierno Corazón, sé que puedo borrarlo de mi Vista para siempre una vez que me convenza que no tiene otras Intenciones conmigo que las de deshonrarme. Pero, ¡Ay! Señor, ¿por qué sacrificaría usted la Felicidad real y esencial de la Vida por la Opinión de un Mundo que se mueve bajo el solo y declarado Fundamento del Error y el Prejuicio? Podemos observar que las Riquezas no producen Felicidad por ellas mismas, y que aún así consagramos Todo cuando se trata de Competir por enriquecernos. Y como este Mundo es tan ruin que la Religión ha sido abandonada a nostras, tontas Mujeres, y ustedes, Hombres, obran generalmente según el Principio del Beneficio y el Placer, le hablaré sin recurrir a Razón alguna que no conlleve el mayor Provecho posible para su persona, como Hombre de Mundo. Y dejaré sentado ante usted el Estado del Caso, suponiendo que se encuentra ahora en su Poder la Decisión de hacerme su Mujer, o su Esposa, y espero persuadirlo de que lo segundo es más afín a sus Intereses que lo primero, y que contribuirá más y mejor a su Placer.
Supondremos, luego, que el Escenario está dispuesto y que usted se encuentra ahora a la Expectativa de la cercana Velada en la que yo me reuniré con usted, para ser llevada luego al Rincón del Pueblo que usted crea conveniente para consumar todo lo que su pícara Imaginación le haya prometido de la Posesión de una en la Flor de su Juventud y de Inocente reputación: pronto tendrá usted suficiente conmigo, pues soy Vivaz, Joven, Radiante, y Delicada. Cuando las Fantasías son satisfechas y encuentran falsas todas las Promesas que se hicieran, ¿dónde estará la Inocencia que otrora lo atrapara? A la primera Hora de Soledad, se dará cuenta de que el Placer del Libertinaje no es otro que el de un Espíritu destructivo: Fruto que prueba, Fruto que arruina; y donde el Bruto ha estado devorando, nada queda que valga la Pena para el Entusiasmo del Hombre. La Razón vuelve a ocupar su Lugar luego de que la Imaginación se ve saciada, y yo, víctima de la mayor Inquietud y Confusión, me veré sujeta a incómodas Reflexiones sobre usted, teñida por la Clandestinidad y vecina, de allí en más, de dos Compañeras (las más incompatibles del Mundo): la Soledad y la Culpa. No insistiré en la vergonzante Oscuridad en la que deberemos pasar nuestro Tiempo, ni repasaré las leves Brisas de Aire fresco y libre Comercio que nos corresponden, acciones que no merecen examen alguno; pero le dejo estas Reflexiones a usted, testigo de esta Vida de la que yo apenas tengo una remota Idea.
Por otra Parte, si usted fuera tan bueno y generoso como para hacerme su Esposa, puede dar por seguro toda la Obediencia y el Cariño que la Gratitud es capaz de inspirar en una Mujer virtuosa. Cual sean los Beneficios en una Persona afable, cual sean las Complicidades de un Temperamento accesible, cual sean las Consolaciones propias de una Amistad sincera, usted las verá cumplidas como Premio a su Generosidad. Lo que hoy en su Perspectiva enferma le promete la Imaginación de mí, será sucedido por el Disgusto y el Empalago; los Arrebatos de una Mujer virtuosa son lo que resta de su Felicidad. Los Raptos de inocentes Pasiones son solo Rayos para el Día, más bien interrumpen, y no ayudan, al Placer que de ellos sacamos. ¿Cuán feliz puede ser entonces aquella Vida, en la que el más alto de los Placeres sensibles es meramente la Parte más baja de su Felicidad?
Ahora repetiré para usted su Intención inhumana de tomarme directamente. Bien sé que se interpone entre mí y aquella Felicidad la Hija altiva de un Hombre cuya fortuna resulta adecuada para la suya. Pero si usted considera sus Acompañantes y su Comportamiento y espera que se asemeje con aquella que ingresa en su Casa, honrada y respetuosa de vuestro Permiso, ¿a cuál de las dos elegiría? Usted, quizás, piensa que se encontrará en posición de pasar una Jornada fuera como todo Hombre sensible y afortunado; pero ella se considerará utilizada en su Ausencia y elucubrará desde su Hogar un Costo apropiado para la Imagen que de usted tiene el Mundo. Ella estará atenta en todo momento a la Fortuna que ella le trajo, mientras que yo lo estaré, pero a la Fortuna a la que ested me introdujo. El Intercambio entre ustedes dos estará eternamente signado por cierto Aire a Convenio; el nuestro por la Amistad: la Alegría siempre entrará en su Habitación cada vez que llegue, y amables Deseos lo atenderán, mi Benefactor, cuando se marche. Hagasé esta pregunta: ¿cuán placentero puede ser disfrutar para siempre el Placer de confiar las Obligaciones más urgentes en un Espíritu agradecido? Tal será su Caso conmigo. En el otro Matrimonio vivirá en una Comparación constante de Ganancias, y nunca concocerá la Felicidad de conceder o recibir alguna.
Quizás usted, después de todo, se conduzca mejor de Modo prudente, en sintonía con la Sentido Común del Mundo. No sé que pueda pensar o decir cuando esta melancólica Reflexión crezca en mí; pero solo añadiré que está en su Poder convertirme en Agradecida Esposa, pero nunca en Abandonada Mujer.


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