N° 207


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Sábado, 27 de octubre de 1711


Omnibus in terris, quoe sunt Gadibus usque
Auroram et Gangem, pauci dignoscere possunt
Vera bona, atque illis multym diversa, remoto
Erroris nebulo
.- Juv.

-----En mi Ensayo del Sábado pasado entregué algunos Pensamientos sobre la Devoción en general, y he de mostrar aquí cuáles eran las Nociones de los Paganos más cultos sobre este Tema, tal y como están representadas en el Diálogo de Platón sobre la Oración, titulado Alcibíades Segundo, que sin dudas sirvió de Inspiración a la décima Sátira de Juvenal, y a la Sátira segunda de Persio; así como el último de estos Autores casi ha transcripto el Diálogo precedente, titulado Alcibíades Primero, en su Cuarta Sátira.
-----Quienes hablan en este Diálogo sobre la Oración son Sócrates y Alcibíades, y la Sustancia del mismo (cuando es posible extraerla de entre los Enredos y las Digresiones) es la siguiente.
-----Encontrándose Sócrates con su Discípulo Alcibíades, mientras se dirigía a realizar sus Devociones, y observando que sus Ojos estaban fijos en la Tierra en una Actitud de gran Seriedad y Atención, le dijo que tenía razones para estar reflexivo en esa Ocasión, desde que era posible que un Hombre pudiera atraer Males sobre sí con sus propias Plegarias, y que esas cosas que los Dioses le envíen en Respuesta a sus Peticiones, podían volverse su propia Destrucción: Esto, dijo él, no sólo podía ocurrir cuando un Hombre Rezaba por lo que sabe que es malo en su propia Naturaleza, como Edipo cuando imploró a los Dioses sembraran el Disenso entre sus Hijos, sino cuando rezaba por lo que él creía que podría ser para su propio Bien, y contra lo que creía que podría ocurrir en Detrimento suyo. Aquí el Filósofo muestra que es inevitable que esto ocurra entre nosotros, puesto que las mayoría de los Hombres están ciegos por la Ignorancia, el Prejuicio o la Pasión, que les impiden ver que cosas como ésas son en realidad beneficiosas para ellos. A modo de Ejemplo, le pregunta a Alcibíades si se sentiría completamente complacido y satisfecho si ese Dios a quien se estaba por consagrar le prometiese convertirlo en el Soberano de toda la Tierra. Alcibíades responde que sin dudas consideraría esa Promesa como el Favor más grande que pudiera serle conferido. Entonces Sócrates le pregunta si después de haber recibido ese gran Favor estaría dispuesto a perder su Vida, o si lo aceptaría aún sabiendo que le daría al mismo un mal Uso. A ambas Preguntas Alcibíades respondió por la Negativa. Sócrates le mostró entonces, a partir de los Ejemplos de otros, cómo aquellos, de un modo muy probable, podían ser los Efectos de tal Bendición. Entonces agregó que otros supuestos Dones de la buena Fortuna como esos, como el de tener un Hijo, u obtener el más alto Puesto en el Gobierno, están sujetos a Consecuencias igualmente fatales; pero que, de todos modos, los Hombres seguirán deseándolos ardientemente y no dudarán en rezar por ellos, si están convencidos de que sus Plegarias pueden ser efectivas en pos de su obtención. Habiendo establecido este importante Punto, que todas las supuestas mayores Bendiciones en esta Vida son odiosas por sus terribles Consecuencias, y que ningún Hombre sabe qué terminará siendo, en el curso de los Eventos, una Bendición o una Maldición, le enseñó a Alcibíades de qué modo debía orar.
-----En primer Lugar, le recomendó, como Modelo de su Devoción, una Oración breve que un Poeta Griego compuso para el Uso de sus Amigos, con las siguientes Palabras: Oh, Júpiter, danos aquellas Cosas que son buenas para nosotros, tanto si son aquellas por las cuales te rogamos, como si son aquellas por las cuales no te rogamos: y líbranos de aquellas Cosas que son dañinas, aunque sean esas Cosas por las cuales te rogamos.
-----En segundo Lugar, que el simple hecho de que su Discípulo le preguntase por las Cosas que son convenientes para él, demostraba que era rotundamente necesario que se consagrase al Estudio de la verdadera Sabiduría, y al Conocimiento de aquel que es el principal Bien, y el más indicado para la Excelencia de su Naturaleza.
-----En tercer y último Lugar le informó que el mejor Método del que podía hacer uso para atraer Bendiciones sobre sí, y para volver aceptables sus Plegarias, era vivir en una Práctica constante de su Deber para con los Dioses, y para con los Hombres. Por este Concepto le recomendó grandemente una forma de Oración que usaban los Lacedemonios, en la cual les pedían a los Dioses les otorgaran todas las Cosas buenas siempre y cuando fueran virtuosas. Bajo este mismo Precepto nos brinda un Informe de un Oráculo con el siguiente Propósito.
-----Cuando los Atenienses, en la Guerra con los Lacedemonios, sufrieron muchas Derrotas tanto por Mar como por Tierra, enviaron un Mensaje al Oráculo de Júpiter Amón, para preguntar la Razón de por qué ellos, que habían erigido tantos Templos a los Dioses y los habían adornado con Ofrendas tan costosas, por qué ellos, que habían instituido tantos Festivales y los habían acompañado con tantas Pompas y Ceremonias, en breve, por qué ellos, que habían sacrificado tantas Hecatombes en sus Altares, tenían menos éxito que los Lacedemonios, que habían sido tan escuetos en todos estos Particulares. A esto, nos dice, el Oráculo dio la siguiente Respuesta: Estoy más complacido con las Oraciones de los Lacedemonios, que con todas las Oblaciones de los Griegos. Como esta Plegaria implicaba y alentaba la Virtud en aquellos que las realizaron, el Filósofo procedió a mostrar cómo el más vicioso de los Hombres puede ser devoto, mientras le alcancen las Víctimas, aunque sus Ofrendas sean consideradas por los Dioses como Sobornos, y sus Peticiones como Blasfemias. En esa Oportunidad también citó dos Versos de Homero, en los cuales el Poeta dice, Que el Olor de los Sacrificios Troyanos era llevado hasta los Cielos por el Viento, pero que no eran aceptados por los Dioses, que estaban disconformes con Príamo y su Pueblo.
-----La Conclusión de este Diálogo es muy importante. Habiendo Sócrates disuadido a Alcibíades para no realizar las Oraciones y los Sacrificios que se proponía ofrecer, exponiendo las mencionadas Dificultades para cumplir con ese Deber como debía, agrega estas Palabras, "Debemos por tanto esperar el Momento en que podamos aprender cómo tenemos que comportarnos respecto de los Dioses y de los Hombres". ¿Pero cuándo llegará ese Tiempo, dice Alcibíades, y quién es el que habrá de instruirnos? Porque estaría dispuesto a conocerlo, quienquiera que sea. Es alguien, dice Sócrates, que se preocupa por ti; pero así como Homero nos dice que Minerva quitó la Niebla que cubría los Ojos de Diomedes, y que entonces pudo distinguir tanto a los Dioses como a los Hombres, así la Oscuridad que cubre tu Mente debe ser retirada antes de que puedas discernir qué es el Bien y qué es el Mal. Deja que quite la Oscuridad de mi Mente, dice Alcibíades, y que haga cualquier cosa que quiera; estoy determinado a no rechazar nada que él me ordene, quienquiera que sea, si eso ha de hacerme un mejor Hombre. La Parte restante de este Diálogo es muy oscura: hay algo en ella que nos hace pensar que Sócrates se estaría señalando a sí mismo cuando habla del Maestro Divino que iba a llegar al Mundo, ya que no se reconoce a él mismo tan perplejo y afligido en lo que a esto respecta, como el resto de la Humanidad.
-----Algunos Hombres doctos han visto esta Conclusión como una Predicción de nuestro Salvador, o al menos que Sócrates, como los Altos Sacerdotes, profetizaba sin saberlo, y señalaba al Divino Maestro que llegaría al Mundo en Edades posteriores a la suya. Aunque esto sea posible, notamos que este gran Filósofo vio, mediante la Luz de la Razón, que era conforme a la Bondad de la Naturaleza Divina enviar a una Persona al Mundo para instruir a la Humanidad en los Deberes de la Religión, y, en particular, para enseñarles cómo Rezar.
-----Quienquiera que lea este Resumen del Diálogo de Platón sobre la Oración, hará naturalmente, creo, la siguiente Reflexión: Que el gran Fundador de nuestra Religión, tanto por su propio Ejemplo, como por la Fórmula de Oración que enseñó a sus Discípulos, no sólo sostuvo aquellas Reglas que la Luz de la Naturaleza le había sugerido a este gran Filósofo, sino que instruyó a sus Discípulos en la total Magnitud de este Deber, como así también de todos los demás. Los dirigió hacia el Objeto de Adoración apropiado, y les enseñó, de acuerdo a la tercera Regla antes mencionada, a consagrarse a él en sus Gabinetes, sin hacer Exhibición ni Ostentación, y a adorarlo en Espíritu y en la Verdad. Así como los Lacedemonios con su Forma de Oración imploraban a los Dioses en general para que les dieran cosas buenas mientras fuesen virtuosas, nosotros pedimos en particular que se perdonen nuestras Ofensas, así como nosotros perdonamos las de los que nos ofenden. Si observamos la segunda Regla que Sócrates ha prescripto, a saber, "Que debemos consagrarnos al Conocimiento de aquellas Cosas que son lo mejor para nosotros", vemos que esto también está explicado detalladamente en las Doctrinas de los Evangelios, donde se nos enseña con varios Ejemplos a considerar Bendiciones esas cosas que a los Ojos del Mundo se presentan como Maldiciones, y contrariamente, a estimar como Maldiciones a esas cosas que a la Generalidad de la Humanidad se le presentan como Bendiciones. De ese modo, y siguiendo esa Prescripción, sólo estaremos rezando por nuestra Felicidad, que es nuestro Bien principal, y el gran Fin de nuestra Existencia, cuando pidamos al Ser Supremo la Llegada de su Reino, sin pedir otra Bendición temporal que nuestro Sustento diario. Por otro Lado, Nosotros no rezamos contra otra cosa que el Pecado, y contra el Mal en general, dejando a la Omnisciencia determinar qué sea tal cosa. Si observamos la primera Regla de Sócrates, en la que recomienda la Fórmula mencionada del Poeta antiguo, descubrimos esa Fórmula no sólo contenida sino muy perfeccionada por la Petición en la que le rogamos al Ser Supremo hágase su Voluntad: que tiene la misma Fuerza que esa Fórmula que nuestra Salvador usó cuando rezó contra la más dolorosa e ignominiosa de las Muertes, Hágase tu Voluntad, aunque no sea la mía propia. Esta extensa Petición es la más humilde, así como la más prudente, que puede ser ofrecida por la Creatura a su Creador, ya que supone que el Ser Supremo no hará nada que no sea para nuestro propio Bien, y que él sabe cuál es nuestro Bien mejor que nosotros.

L.


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