Nº 235


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Jueves, 29 de Noviembre, 1711.

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Vincentum strepitus--- Hor.

No existe Cosa alguna que pertenezca con mayor Tino al Ámbito del Espectador que los Espectáculos y los Pasatiempos Públicos; y, como entre ellos no hay ninguno que compita con esos elegantes Entretenimientos que son llevados adelante en nuestros Teatros, me considero particularmente responsable de tomar Nota de todo lo que sea destacable en esas multitudinarias y refinadas Asambleas.

Hemos tenido Noticia, estos últimos Años, de cierta Persona, Habitante de la Galería Superior del Teatro, que, cada vez que se siente complacida por algún Desempeño en Escena, expresa su Aprobación con un fuerte Golpe sobre las Butacas o el Entablado; Golpe capaz de llegar a todos los Rincones del Recinto. Esta Persona es conocida bajo el Nombre de El Maderero de la Galería Superior. Si es porque el Embate que propina en estas Ocasiones se asemeja al que a menudo es escuchado en el Oficio de estos Artesanos, o porque verdaderamente se trata de un Maderero que luego de finalizar su Jornada laboral descarga sus Tensiones en estos Entretenimientos públicos con el Martillo en Mano, no me atrevo a afirmarlo con Certeza. Hay algunos, lo sé, que han sido lo suficientemente estúpidos como para imaginar que se trata de un Espíritu que mora en la Galería superior y que de tanto en tanto genera esos extraños Sonidos; idea que ha encontrado sus justificativos, pues se ha comprobado que, cada vez que el Fantasma de Hamlet aparece, es más ruidoso de lo normal. Otros han informado que es un Hombre callado que ha elegido esta Forma de expresarse ante la Emoción que le produce lo que mira o escucha. Otros sostienen que es el Sonidista del Teatro que se consagra a estos Ejercicios en la Galería Superior cuando no tiene nada que hacer sobre el Techo.

Sin embargo, siendo mi Tarea conseguir la mejor Información posible sobre este Asunto actual, he hallado que El Maderero, como es comúnmente conocido, es un inmenso Hombre negro, a quien nadie conoce. Habitualmente se apoya de Espaldas sobre el enorme Piso de Roble con gran Solicitud hacia todo lo que sucede sobre el Escenario. Nunca se lo ha visto sonreír, pero luego de escuchar algo que lo divierte, levanta su Tranca en ambas Manos y la descarga, con excesiva Vehemencia, sobre la más próxima Pieza de Madera que encuentra en su Camino; después de ello, vuelve a su antigua Postura hasta que algo nuevo lo pone otra vez a trabajar.

Se ha observado que su Golpe es tan puntual que siquiera el Crítico más juicioso podría reprobarlo. Tan pronto como un Pensamiento luminoso es expresado por el Poeta, o cualquier Talento inusitado aparece en el Actor, él arremete contra el Asiento o el Entablado. Si la Audiencia no coincide con él, arremete una segunda Vez, y, si la Audiencia aún no despierta, mira a su alrededor con gran Furia y repite el Golpe por tercera Ocasión, procedimiento que nunca falla en conseguir el Aplauso. Algunas veces deja que la Audiencia comience el Aplauso por ellos mismos y a su término lo ratifica con un único Trancazo.

Es de tanta Utilidad para el Teatro que se dice que el anterior Director, no estando en condiciones de contar con su Presencia por razones de Enfermedad, contrató a otro para que ocupara su Lugar el Tiempo necesario hasta que se recuperara; sin embargo, la Persona empleada, pese a la increíble Violencia de sus Embestidas, equivocó de tal manera los Momentos que la Audiencia descubrió que no se trataba de su viejo Amigo, el Maderero.

Ha sido señalado que aún esta Temporada no se ha expedido con Vigor. Algunas veces ha hecho el Servicio en la Ópera y, ante la primera Aparición de Nicolini, se comenta que, poseído por la Furia de su Aplauso, demolió tres Asientos. Ha destruido media docena de Plantas de Roble y rara Vez sale de una Tragedia de Shakespeare sin dejar el Entablado totalmente sacudido.

Los Actores no solo abonan este estrepitoso mecanismo de Aprobación, sino que también, y muy alegremente, reponen, ellos mismos, cualquier Daño producido. Tuvieron alguna vez la Idea de erigir una suerte de Yunque de Madera para su Uso, hecho de un Material extremadamente sonoro con el fin de imprimirle a sus Golpes mayor Profundidad y Tersura; pero como tal vez éste no hubiera podido ser distinguido de la Música que produce un Redoblante, el Proyecto fue abandonado.

Mientras tanto, no puedo sino notar el gran Provecho que hace la Audiencia del hecho de que un Persona pueda presidir la Ceremonia, como un Director de Orquesta, con el objetivo de despertar su Atención y pautar el Ritmo de sus Aplausos; o, para sacarme una Sonrisa, he imaginado al Maderero en la Galería Superior como un Dios del Viento: sentado en la cima de una Montaña y que, cuando golpea su Báculo contra una de sus Laderas, levanta un Huracán y deja a toda la Caverna inmersa en un Bullicio.

Es cierto, el Maderero ha salvado a muchas Obras de calidad y ha dado Prestigio a muchos Actores talentosos que de otra manera nunca hubieran sido notados. Es muy evidente cuando la Audiencia, que fácilmente entra en desconcierto, se encuentra atrapada en un Aplauso que no fue acompañado por su Amigo de la Galería Superior; entonces los Actores, en caso de que no abrigue el Sonido del Roble, no toman aquel Aplauso como Parámetro, sino que lo consideran un mero Brutum fulmen, o un Ruido hueco. Sé que ha circulado, gracias a aquellos que son Enemigos del Maderero, que alguna vez ha sido sobornado para responder a los Intereses de un mal Poeta o de un desgraciado Actor; pero éste es un Rumor que no tiene ningún Fundamento: sus Embates son siempre justos y sus Admoniciones, puntuales; no administra sus Golpes al Azar; donde ubica la Mira, acierta. Esa indecible Fuerza con la que arremete muestra suficientemente la Evidencia y la Firmeza de su Convicción. Su Pasión por un buen Autor es verdaderamente incontrolable y es capaz de traspasar cualquier Cerca o Límite, cualquier Tabla o Madera que esté a la Altura de la Expresividad de su Aplauso.

Como no me interesa terminar mis Reflexiones en fútiles Especulaciones o en un mero Registro de los Hechos, sin extraer de ellos Algo para el Provecho de mis Compatriotas, tomaré la Libertad de hacer una humilde Propuesta: cuando sea que el Maderero deje este Mundo, o cuando sea que pierda la Energía de su Brazo por Enfermedad, Vejez, Debilidad, o algo así, algún Crítico, físicamente en condiciones, debería tomar su Posta y gozar de un Salario adecuado, asignado de por Vida, para ser aprovisionado, a costa del Expendio público, de Bambúes para las Óperas, Garrotes de Crabtree para las Comedias, Plantas de Roble para las Tragedias. Y para dejar sentado que este Lugar debería ser de aquí en más ocupado de acuerdo al Mérito, no propondría yo a aquel que no haya dado Pruebas convincentes de ambas cosas: de un Juicio confiable y de un Brazo potente; o a quien no sea capaz, llegada la Ocasión, de voltear un Buey y de escribir un Comentario sobre el Arte Poética de Horacio. En definitiva, lo imagino como una Combinación exacta entre Hércules y Apolo, y tan bien calificado para este importante Oficio, que quizás así el Maderero no sea echado de menos por nuestra Posteridad.


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